miércoles, 11 de marzo de 2009

Entre auras o Cuestión de Imagen

Ese día salí desde casa en mi Flying Pigeon, con mi sorbo de café y mi trozo de pan de la cuota, bailando en el estómago, como de costumbre pasé por casa de Romelillo para seguir –él en su forever- nuestro camino al CEDEPA –Centro de Investigación de la Universidad-.

En el trayecto, de unos cuantos kilómetros en contra del aire, teníamos algo en mente, solo pensábamos en si hoy sería el día.

Con media vara de lengua afuera por la bici y ya con nuestra dosis de peste a grajo vamos llegando al destino cuando en el horizonte divisamos algunas auras tiñosas revoloteando alrededor del Centro, inmediatamente cruzamos nuestras miradas y aceleramos el paso –el pedal-, sin duda hoy era el día.

Llegamos a la finca y efectivamente allí estaba el corcel echado en el piso –el mismo de la otra historia, ¡el tuerto!-. Al caballo se le había infectado el ojo –el de las lagañas, el único- inflamándose de una manera increíble –como la oreja del puerco -, luego de unos días supurando y de crecerle la cabeza, hoy había decidido pasar a mejor vida –nunca mejor usada la frase-.

Llegamos y aunque aún el rocín no estaba clínicamente muerto, estaba rodeado de una legión de carniceros improvisados, Romel me miró… le pregunto, _ ¿tienes cuchillo?, la respuesta era obvia, no. Salimos disparados y solo encontramos en todo el laboratorio… un bisturí –oxidado claro-

Ya con el instrumento quirúrgico en mano y con una cubeta de un deshumidificador en la otra estábamos –o estaba, porque Romel era el carnicero- listos para la acción. Como la mejor banda de música perfectamente sincronizada todos le cayeron al corcel agonizante a la vez y los más listos –y con mejores instrumentos- cayeron sobre los flancos, los del bisturí –Romel- cayó sobre el cuello y la cabeza –sí, la parte más podrida-.

La imagen que tengo es Romelillo con una mano cortando carne –o quién sabe qué-, con la otra lanzándome los trozos cortados, yo en una mano tenía la cubeta plástica donde echaba los pellejos lanzados por él y con la otra espantaba las auras y las moscas que también querían entrar al festín.

Alguna voz detuvo la masacre –ya sabemos que es algo prohibido- y salimos disparados con nuestro botín a casa. Ese día comí filete de caballo podrido, nunca me supo tan bien una carne.

Al otro día llegamos menos sudados y más fuertes a la finca, hasta ahora no nos hemos muerto de una infección por lo que nos comimos, así que ya saben si es carne cocínenla bien, no se asusten si viene de un caballo podrido con cabeza de elefante –por la inflamación-, todo es simplemente cuestión de imagen.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Oh Mann!!!

El ser humano es demostradamente un omnívoro. Y mas el cubano :-).

DW dijo...

German, si hubieras visto el caballo!, te darías cuenta de lo omnívoro que somos, al menos Romel y yo!!!